La Primera Bienaventuranza es el cimiento de todas las demás: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos" (Mt 5, 3). No se refiere a una carencia material forzosa, sino a una actitud de humildad y desprendimiento total ante Dios, reconociendo que nada somos sin Él.
Esta bienaventuranza se manifiesta principalmente en las obras que exigen desprendimiento material y generosidad radical. Sirve para humanizar la caridad: sin la pobreza de espíritu, dar limosna o comida puede convertirse en un acto de superioridad o vanidad.
La bienaventuranza purifica la intención de la obra de misericordia: ya no se da "lo que sobra" para sentirse bueno, sino que se comparte "lo que es de Dios" con el hermano, reconociendo la propia necesidad de la misericordia divina.
El "pobre de espíritu" entiende que sus bienes son dones de Dios para ser compartidos y se identifica con la fragilidad del prójimo.