La conexión entre las Bienaventuranzas y las Obras de Misericordia es profunda: si las Bienaventuranzas son el "autorretrato" de Jesús y el programa de vida del cristiano, las Obras de Misericordia son su aplicación práctica. San Agustín decía que las Bienaventuranzas son las disposiciones del corazón, mientras que las obras son los actos que brotan de ese corazón transformado.
La relación se articula principalmente a través de la quinta bienaventuranza: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia". Esta promesa actúa como el puente definitivo. Mientras que las Bienaventuranzas nos invitan a una actitud de pobreza espiritual, mansedumbre y hambre de justicia, las Obras de Misericordia son el canal por el cual esa hambre de justicia se sacia.
Responden a las carencias físicas y materiales más básicas del ser humano, reconociendo la dignidad del cuerpo como templo del Espíritu Santo.
Se dirigen a las carencias del alma, el intelecto y el corazón. Sirven para sanar las heridas invisibles como la ignorancia, la duda o la soledad.