Los sacramentos son definidos por el Catecismo como signos sensibles y eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, a través de los cuales se nos otorga la vida divina.
No son meros símbolos humanos o recordatorios históricos, sino acciones de Dios que actúan ex opere operato (por el solo hecho de realizarse la acción sacramental).
Su objetivo fundamental es la santificación de los hombres, la edificación del Cuerpo de Cristo y dar culto a Dios. Al ser "fuerzas que brotan" del Cuerpo de Cristo, siempre vivo y vivificante, poseen un carácter comunitario y eclesial, vinculando estrechamente al fiel con la misión de la Iglesia.
Para que un sacramento sea válido y produzca sus frutos, el Catecismo subraya la importancia de la unión entre la forma (las palabras que se pronuncian) y la materia (los elementos físicos como agua, aceite o pan).
Aunque la gracia actúa por el poder de Dios independientemente de la santidad del ministro, los frutos de los sacramentos dependen también de las disposiciones interiores de quien los recibe. La liturgia sacramental es una participación en la oración de Cristo, necesaria para la salvación de los creyentes.